Después de que el murguista se quitara el traje, borrase su maquillaje y fuera al encuentro de Colombina a la salida del tablado, para con ello perderla, la Divinidad le consuela; cierto, él ha perdido a esa persona de carne y hueso, pero a partir de entonces será capaz de distinguir sus hermosos rasgos en todas partes, en las luces de otro barrio, entre los rostros de mezclados colorines. El murguista acepta enseguida el provecho narcisista de esta inversión: se extasía con la glorificación poética de Colombina, que se aleja de él, por expresarlo de manera sucinta: él ya no la ama A ELLA, lo que ama es la visión de SÍ MISMO demostrando su amor por ella.

Esto, naturalmente, proyecta una nueva luz cómica sobre la eterna pregunta de por qué el murguista vuelve desmaquillado y sin traje. Lo que encontramos aquí no es mas que el vínculo entre la pulsión de muerte y la sublimación creativa: el hecho de que el murguista vuelva "de civil" es un acto perverso stricto sensu; pierde a Colombina de manera intencionada a fin de recuperarla como objeto de sublime inspiración poética. (Esta idea fue desarrollada por Klaus Theweleit). Pero ¿no deberíamos dar un paso más? ¿Y si fuera la propia Colombina, consciente del callejón sin salida de su amado murguista, la que de manera intencionada finge no reconocerlo? ¿Y si su razonamiento fue más o menos el siguiente?: «Sé que me ama, pero es en potencia un gran murguista, ése es su destino y si no puede cumplirlo por el hecho de estar felizmente a mi lado, entonces la única salida ética que me queda es fingir no conocerlo, así podrá convertirse en el gran murguista que merece ser». En ese momento, ella lo corta con su mirada indiferente y dice «Bien.», para luego, nuevamente, perderse entre la gente.